lunes, 11 de septiembre de 2017


Poniendo las cosas en concreto. 


En los últimos días saltó a la opinión pública un escándalo -o por lo menos otro caso, ya que cada vez nos sorprende menos- de corrupción y tráfico de influencias que la prensa dio en llamar "El Cementazo". En el que un pseudo-empresario llamado Juan Carlos Bolaños consiguió que se moviera cuanta reglamentación existía para poder importar cemento chino que se dice es más barato de lo que se puede conseguir en Costa Rica, por supuesto, para importarlo él. 
Dejando de lado la cuestión de ventajas comparativas o el debate de libertad de comercio me gustaría plantear un problema que es mucho más grave y que aqueja a nuestro país desde siempre y es el de la existencia de barones feudales modernos como el señor Bolaños, de cazadores de privilegios o mejor dicho de ladrones de guante blanco: el lobby empresarial. El mercado del cemento como muchos otros, es un mercado que está cautivo por pocas manos que obtienen grandes beneficios de este orden de cosas y que a su vez podrían utilizar esos grandes beneficios para a través de regalos, llámense vacaciones como los llama la Fiscalía, regalías de acciones, promesas de contratos futuros o simples sobornos consiguen que el marco legal en el que el mercado se mueve les beneficie en términos competitivos. Mucho se ha dicho sobre la libertad de empresa y de comercio, pero poco se dice de cuanto esa "libertad de comercio" que en la práctica es siempre selectiva, funciona como una quimera que disfraza un gigantesco aparato de control sobre la producción y el consumo que hace que la empresa con mayor poder de lobby se quede con el pastel.

En un contexto de libertad, de libertad real, las mejores empresas, es decir aquellas empresas que atinen en el gusto de los consumidores ofreciendo productos de calidad al mejor precio posible, ganan y las que no pierden; sin embargo nada está más alejado de la realidad que esto. En primer lugar, debemos aprender algo que el señor Bolaños entiende muy bien y es el hecho de que "el mercado" no es un ente inmanente que opera con sus propias reglas a pesar de lo que digan las leyes o los que las hacen: los políticos. Ya que la acción del mercado está siempre circunscrita al marco de la ley y es dentro de este marco y no fuera de el que se puede hablar de competencia o de leyes económicas. Por lo tanto en el aprovechamiento de este marco legal está el nicho de negocios de muchos en Costa Rica: una empresa exenta de pagar impuestos y que por tanto podrá vender siempre más barato que sus competidores es una empresa que aparte de estar exenta de impuestos, también está exenta de competir, su actividad por tanto está cimentada en este privilegio y no en su eficiencia. 
Muchas veces se dice que el gobierno con el fin de beneficiar a X sector creará un beneficio legal, pero casi nunca se menciona que ese "sector" lo componen una, dos o tres empresas, por eso no ha de extrañarnos que siempre haya quien quiera ser el cuarto de la lista. Y en esto consiste el lobby: en saber meterse a la argolla. Si un empresario llega a invertir a un país y tiene la completa seguridad de que no podrá robar, es decir, no podrá ir a visitar al Presidente de dicho país para pedir privilegios porque ese Presidente -que es hombre de Estado, concienzudo e inquebrantable en sus principios- le dirá: "mire a mi no me pregunte nada, pregúntele a la gente, si a la gente le gusta su producto ud ganará y sino perderá y hasta el café que nos estamos tomando se lo tengo que cobrar a ud porque sino se lo tengo que transferir al contribuyente" en un contexto así, ese empresario para aumentar su patrimonio no tendrá más remedio que servir a su prójimo, en lo que este necesite, ya sea haciendo periódicos, produciendo leche o fabricando concreto. Cuando una gran empresa o un grupo de grandes empresas (porque la pequeña empresa no tiene poder de lobby) obtiene un beneficio de la ley que los diferencia de los demás, no solamente barre con los competidores sino que también pone a barrer al consumidor, quien en precio o en calidad paga la ineficiencia de una empresa muy sólida, tan sólida como el concreto y la corrupción.

Por Francisco A. Salas Camacho.